El legado ambiental de Barack Obama

El legado ambiental de Barack Obama
La lucha contra el cambio climático es uno de los principales legados del presidente Obama, que abrió camino con su compromiso con el Medio Ambiente.

Como si el planeta hubiera querido enviar un mensaje de protesta, en ambos hemisferios se están sufriendo las consecuencias del cambio climático con una crudeza especial, justo en el año en que Barack Obama ha sido relevado en la Casa Blanca. Una primavera especialmente calurosa, una sequía que pone en peligro cosechas y reservas de agua y que aumenta el riesgo de incendios. Todos estos fenómenos son síntomas de un problema mundial de cuya magnitud se viene avisando desde los años 70 del siglo pasado, pero que muy pocas veces se ha abordado con la seriedad requerida por parte de los líderes mundiales.

La dificultad de afrontar el cambio climático. El mérito de atreverse a hacerlo

Desde que, hace casi medio siglo, en el Club de Roma se hiciera hincapié en la necesidad de poner límites al modelo industrial en un mundo con recursos limitados, han sido numerosos los intentos de negar las teorías científicas que sustentan la desagradable noticia de un cambio climático causado por el ser humano. No es de extrañar que los esfuerzos negacionistas hayan tenido una especial relevancia en el país que más recursos consume y más contamina del mundo, aquel cuyo modo de vida es más insostenible en términos ambientales.

Son notables los intereses industriales subyacentes al intento de negar lo evidente, dado que un buen porcentaje de beneficios depende de la insensibilidad social ante un hecho como el calentamiento global. Son poderes reales los que influyen enormemente en la opinión pública. Por eso es muy difícil que, siendo la opinión pública tan determinante para el éxito o el fracaso electoral, un líder político se enfrente a las complicaciones que se derivan de abordar un asunto tan espinoso. Tanto más difícil resulta, por las razones mencionadas, que ese enfrentamiento se lleve a cabo en un país como Estados Unidos. Ello explica, aunque no disculpa, que la mayoría de los presidentes haya pasado de puntillas sobre el asunto del calentamiento global. Y da mucho más valor a quien, como el expresidente Barack Obama, ha actuado de manera distinta. Con mayor razón ahora que nos vemos enfrentados a la posibilidad de un paso atrás, se impone la necesidad de poner en valor el legado Obama en términos de compromiso con el medioambiente.

El informe de 2014: un hito histórico

Para contrarrestar esa tendencia popular escéptica en el país que más gases de efecto invernadero (gases GEI) emite per cápita, la Administración Obama dio publicidad a un informe alertando de las consecuencias del cambio climático en el propio territorio estadounidense. Se trataba de consecuencias que ya eran palpables para el ciudadano común en el año de su publicación. No era una serie más de advertencias sobre lo que puede sobrevenir en el futuro si no se toman medidas urgentes, sino de algo muy concreto, muy presente y muy contable, como la pérdida de cosechas en la agricultura, por culpa de las sequías, o los daños a infraestructuras públicas por inundaciones o incendios. El coste económico de la sequía y las olas de calor se calculó en 21 500 millones de dólares. Otras amenazas futuras, como las que se derivan de la subida del nivel del mar, se hallaban documentadas hasta tal punto que resultaba imposible no tomárselas en serio: Miami podría verse enteramente sumergida en unas pocas décadas.

La publicación de un informe podría parecer una medida escasamente ambiciosa ante la magnitud del reto que supone el calentamiento global, pero la verdad es que se trata de un hito verdaderamente revolucionario. A diferencia de sus antecesores, Barack Obama no solo no intentó contradecir las pruebas científicas que se venían presentando, sino que emprendió un esfuerzo significativo por difundirlas entre la población. De nada serviría adoptar medidas muy radicales sin una trasformación cultural previa en el país que más contamina.

Sin buenos cimientos no resistiría el edificio legislativo imprescindible para marcar un cambio de tendencia urgente. Y para asentarlos era imprescindible que, por primera vez en la historia, un presidente de Estados Unidos hiciera bandera de un informe como el referido. En un momento en que la crisis económica que atravesaba Europa había relegado la cuestión climática a un segundo plano, el compromiso de Obama con el Medio Ambiente destacaba frente al de sus colegas del viejo continente.

A pesar de que el respaldo público a un informe como ese fuera ya un paso histórico en la lucha contra el calentamiento global, a un estadista se le supone el deber de llegar más allá de la fase de diagnóstico; se le exige, en definitiva, la toma de decisiones.

Los costes de no hacer nada

Las decisiones de un presidente de Gobierno siempre implican un compromiso inversor. El gasto público es un argumento que surge contra las iniciativas de afrontar los desafíos del cambio climático, dado el elevado coste que supondrían. Sin embargo, la comparación del coste de las inversiones necesarias para afrontar el calentamiento global con el que implicaría la inacción es una de las conclusiones más interesantes (y persuasivas) que ayudó a difundir Obama durante su mandato. De su legado hay que destacar ese apoyo a la difusión de una verdad científica que entronca radicalmente con la sabiduría popular contenida en el dicho de que “es mejor prevenir que curar”. Si lo difícil es, siguiendo con el refranero, dar el paso desde el dicho hasta el hecho, también en eso fue pionero Obama.

El plan de Obama de 2015: alcance universal para las próximas décadas

En el año 2015, Obama presentó finalmente un plan ambicioso para reducir las emisiones de gases GEI a la atmósfera, después de haberlo anunciado mediante un vídeo subido a la red social Facebook. Es importante hacer hincapié en el detalle del medio, que refuerza enormemente el alcance del mensaje. No se trata ya solo de un cambio radical de actitud ante el calentamiento global sino también de una nueva forma de abordar la comunicación (tan característica de la personalidad del expresidente), que pudiera hacer sentir, a la mayoría de la sociedad, la gravedad de la situación. Y es que el dominio de las técnicas comunicativas más populares y, por tanto, más eficaces, es otra de las notas diferenciales del legado Obama. Así, el problema del cambio climático dejó de ser un asunto del que tuvieran que preocuparse unos pocos. La sociedad estadounidense, en su conjunto, resultó apelada en un llamamiento al compromiso colectivo con aquello que el entonces presidente definió como “el paso más importante que haya dado Estados Unidos en su lucha contra el calentamiento global”.

No se trataba de palabras grandilocuentes: la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero tenía un calendario muy concreto e iba aparejada a la satisfacción de una demanda secular de las personas defensoras del medioambiente: el fomento de energías renovables como la solar o la eólica. El calendario mencionado fijaba para 2030 un compromiso de reducción de un 32 % de las emisiones de las plantas energéticas, con respecto a los niveles de 2005. Nada menos que una tercera parte en menos de un cuarto de siglo.

¿No era demasiado tardía la iniciativa?, plantean algunos de los detractores del legado Obama, dado que solo quedaba un año para que el presidente finalizara su mandato. No lo fue en absoluto, ya que, como ha quedado patente, el plan presentado no podrá entenderse jamás como fruto de la improvisación. La presentación misma sí se produjo, efectivamente, estando bien avanzado el segundo mandato del presidente. Una de las razones estriba en la ya apuntada necesidad de sustentar un plan tan ambicioso no solo en la más sólida apoyatura científica sino también en el calado popular de los problemas. No es sencillo que un propósito de semejantes dimensiones pueda echar a andar en el muy limitado plazo de ocho años. Por otra parte, el problema del calentamiento global está muy lejos de poder enfocarse desde una óptica cortoplacista como la que suele haber de fondo en los programas que se elaboran con la vista puesta en los procesos electorales más próximos. Cuando se haga un balance histórico de la gestión de Obama, uno de los logros que habrá que señalar será, precisamente, el haber tenido la ambición de presentar un plan de trasformación con un horizonte temporal de décadas.

Si el horizonte temporal es amplio, no menos lo es el espacial. Y ello es así debido, sobre todo, a dos razones: la primera, la relevancia planetaria y el beneficio que para el conjunto de la humanidad supone una reducción de un tercio de las emisiones por parte del país que más gases contaminantes emite a la atmósfera. La segunda, que el presidente de Estados Unidos no es una figura cualquiera, sino un espejo en el que se miran docenas de jefes de Estado del mundo entero, alguien que marca el ritmo global, por lo que un esfuerzo así no solo tiene un efecto en el descenso de emisiones, sino también de multiplicación de compromisos. Se intente o no enterrar el legado Obama, hay logros que ya son irreversibles y que, algún día, la historia reconocerá en su justa medida.

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