Es hora de abandonar la procrastinación

Es hora de abandonar la procrastinación
La procrastinación es una fuente de problemas para el desarrollo personal y profesional, por eso es importante aprender estrategias para dejarla a un lado

No ganaría ningún concurso de palabras bonitas, pero la procrastinación suena cada vez más a menudo en los entornos relacionados con el desarrollo personal. Para mejorar la productividad individual, la empleabilidad, e incluso para sacar provecho al propio tiempo libre, es importante dejar de procrastinar. Para tener éxito en esta habilidad de aprovechar cada día, se necesita lo mismo que en otras competencias: conocimiento y práctica.

Qué es, de verdad, procrastinar

Muchas personas creen que la procrastinación es igual a la pereza, y que podría ser la actualización de este legendario pecado mortal. Como es sabido, la condición de ‘mortal’ no la da la gravedad del pecado, sino su posibilidad de ser fuente de otros nuevos. Es decir, la pereza serviría para pecar en otros ámbitos, y eso la convertiría en un pecado mortal.

Sin embargo, la pereza es simplemente la tardanza en hacer las cosas, la falta de atención o la negligencia a la hora de realizar alguna tarea. No importa qué tarea. Una persona puede ser perezosa hasta para irse de fiesta o para hablar con un amigo. En este sentido, la pereza es un rasgo neutro del comportamiento, pero en la procrastinación se elige.

Según la Real Academia Española, procrastinar es aplazar. Claro, el procrastinador aplazará solo aquellas tareas desagradables, costosas o que lo aparten de su zona de confort. Fregar los platos es menos placentero que ver una película tranquilamente en el sofá, así que una persona habituada a procrastinar aplazará el fregado para después de la película. Aunque eso no garantice que, después de verla, no vaya a encontrar otra actividad más apetecible.

En esos casos, la mente de la persona que procrastina trabajará para encontrar una excusa, una justificación para dar prioridad a lo más gratificante y retrasar lo más laborioso. Esta es otra característica que diferencia al procrastinador del perezoso. Al segundo no le hacen falta razones, pero quien procrastina racionaliza el aplazamiento apoyándose en dos pilares falsos: uno tiene que ver con el reforzamiento positivo y el otro con el reforzamiento negativo. El positivo se puede basar en decir: “es mejor que vea ahora la película porque puede que luego me entre sueño”; el negativo, por su parte, podría ser: “es mejor no fregar ahora porque no quiero hacer ruido en la cocina”. Incluso se pueden combinar los dos razonamientos, para reforzar aún más la decisión de dar prioridad a lo cómodo.

Aplazar, sabiendo que es negativo

Quien procrastina puede tenerlo tan bien argumentado que, aunque la tarea que aplace sea urgente, no la realizará. En este sentido, procrastinar sí que es un ‘pecado mortal’, porque del defecto surgirán nuevos males. Esto se puede ver en todos los ámbitos de la vida, pero es en el plano laboral en donde se puede hacer más evidente.

Un caso paradigmático podría ser el de un empleado que debe hacer un trabajo importante, una tarea a la que deberá dedicarle varias jornadas: por ejemplo, preparar un informe. Terminar ese encargo le servirá al trabajador para ganarse la confianza de sus superiores, demostrando su capacidad para asumir grandes retos. Además, entregar a tiempo el informe tendrá una gratificación económica, pero un retraso supondrá un descrédito como profesional y le impedirá ganar más dinero ese mes.

Con todas estas premisas, parece obvio que el empleado se pondrá manos a la obra para acabar a tiempo el informe, incluso antes del plazo, así podrá revisarlo y corregir cualquier error. Sin embargo, si la tarea no se ve como un reto lleno de posibilidades, sino como un encargo excesivamente complejo, el empleado estará dando el primer paso hacia la procrastinación. El segundo es buscar otras tareas más sencillas con las que llenar la jornada laboral, con la excusa de que es mejor librarse primero de los trabajos más pequeños para luego ir a por el grande sin tener otros asuntos pendientes.

La trampa es que, en lugar de dedicar tiempo y recursos para realizar el informe, se gastan en trabajos de menor entidad. Eso supone que para realizar el informe importante habrá menos horas, más presión y más posibilidades de hacerlo mal. En algunos casos, el empleado no será capaz de entregar el trabajo a tiempo y se justificará ante sus superiores diciendo que tuvo que hacer otras tareas urgentes antes o que no se le dio el tiempo necesario para hacerlo. En otros, el informe irá mal confeccionado y no será útil para la empresa ni positivo para el prestigio profesional del trabajador.

Este aspecto de la procrastinación es muy importante. Procrastinar no es solo aplazar, sino que es aplazar a sabiendas de que lo que se deja de hacer es importante y que no hacerlo puede ser perjudicial. Lo peor es que quien procrastina se justifica a sí mismo. Esa falta de crítica le impide cambiar ese rasgo de su personalidad y mejorar en todos los ámbitos de su vida.

Manos a la obra contra la procrastinación

La psicología aplicada al trabajo y el desarrollo personal han servido para estudiar la procrastinación y sus soluciones. De esas investigaciones han derivado propuestas para aprovechar lo que pueda tener de bueno este tipo de aplazamiento de tareas y las maneras de evitar la procrastinación más negativa. La suma de estos dos factores aporta estrategias para que esta conducta sea menos ‘pecaminosa’.

Aprovechar la buena procrastinación:

1.Esperar el momento oportuno. Ser productivo no significa trabajar sin parar hasta terminar las tareas. A veces es necesario hacer pausas durante la realización de un trabajo o empezarlo cuando se den las condiciones más propicias. Evidentemente, esto no es lo mismo que no hacer nada, sino que se trata de prepararse para hacer mejor la tarea en cuestión. Es importante conocerse a sí mismo, la propia capacidad de atención o a qué horas del día se es más productivo.

2.No desperdiciar un momento de inspiración. Aunque se tengan pendientes asuntos importantes, realizar una tarea en el momento idóneo para cada uno es la mejor manera de hacerla bien. En este caso, la procrastinación no es fruto de la apatía ni de la desgana, sino de un momento de inspiración que lleva a acometer una tarea más importante, aunque los platos esperen en el fregadero.

3.Remedio contra el perfeccionismo. Las personas muy perfeccionistas trabajan más porque dedican demasiado tiempo a las tareas más importantes, pensando que siempre se pueden mejorar. Por lo tanto, empezar la lista de asuntos pendientes por cuestiones menos importantes reducirá el tiempo que se le puede dedicar a las de mayor importancia. Esto aumenta la productividad porque se aprovecha más cada jornada.

Abandonar la mala procrastinación:

1.Dar un pequeño primer paso. Lo mejor para abordar una tarea ingrata o demasiado grande es empezar poco a poco. Pensar en dedicarle cinco o diez minutos como primer acercamiento es una buena estrategia.

2.Dividir es vencer. Los romanos lo sabían, la mejor manera de enfrentarse a una tarea demasiado grande es dividirla en porciones más pequeñas. Es una de las mejores estrategias para evitar procrastinare, hasta en latín.

3.Las rutinas se hacen solas. Incorporar las tareas menos atractivas a un plan de rutinas ayuda a realizarlas casi sin pensar.

4.Aprender a decir no. Cargarse de tareas por no saber decir no es una fuente de insatisfacción y, por lo tanto, de aplazamientos.

5.Anunciarlo a los cuatro vientos. Hay grandes objetivos, como dejar de fumar o ir al gimnasio, que se hacen más fáciles de llevar si se han anunciado públicamente, por el componente de compromiso ante la familia o amigos.

6.Evitar las distracciones. Todo aquello que pueda entorpecer la realización de la tarea hay que mantenerlo alejado, teléfono móvil incluido.

7.Hacerlo agradable. Se trata de poner el entorno a favor, creando el ambiente más propicio para el tipo de tarea a realizar. La música, la iluminación y hasta el buen olor de la estancia son factores importantes.

8.Hacerlo saludable. No se puede trabajar sin descansar bien, alimentarse y cuidar la forma física. Cualquier tarea se vuelve enorme cuando el físico no acompaña.

9.Planificar solo lo grande. Una tarea corta no merece ser anotada en una lista. Si dura menos de dos minutos, es mejor hacerla directamente. Es importante que el listado de asuntos pendientes sea pequeño.

10.Premio final. Un buen incentivo para realizar algunas tareas es regalarse algo por terminarla. No tiene por qué ser un objeto material, cualquier cosa entendida como premio es válida.

Crear una nueva zona de confort

En definitiva, no se trata de abandonar la zona de confort para realizar trabajos poco placenteros, sino de entender esa zona de otra manera. Debe incluir la satisfacción de realizar las tareas en el mejor momento y con las condiciones más propicias.

Como cualquier organismo, el ser humano está diseñado para economizar energía. Además, el sistema neurológico vinculado a la recompensa busca la satisfacción inmediata, no le gustan los retos a largo plazo. Pero es evidente que en el día a día hay que enfrentarse a tareas de todos los tamaños, desde rutinas que parecen no tener importancia hasta grandes objetivos. La forma en que se afrontan esos retos ayuda a definir a cada persona. Lo importante es que se puede aprender a tener más virtudes y menos ‘pecados’.

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